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Clásicos

Por qué conducir un coche clásico es algo maravilloso


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Los “milenials” estamos muy mal acostumbrados. Mal acostumbrados en el sentido de que, en nuestras vidas, todo es rápido, instantáneo y fácil. Tanto Internet como la tecnología nos han facilitado mucho las cosas, pero también nos han vuelto “torpes” en cierto aspectos. Y esto es algo que puede aplicarse perfectamente a los coches.

Nuestra generación ha vivido siempre con automóviles que equipaban una cantidad importante de tecnología, como ayudas y asistencias a la conducción, sistemas electrónicos sofisticados y una cantidad casi ridícula de sensores. Es cierto que todo esto ha facilitado mucho el día a día con nuestros vehículos, pero también es verdad que el hecho de “conducir” un coche (conducir de verdad, no lo que hacemos cuando vamos a la compra) está perdiendo su gracia.

Durante las últimas semanas, he tenido la suerte de poder ponerme a los mandos de un clásico. Se trata, más concretamente, de un Fiat de los años 70 con alguna que otra modificación, ya que en su tiempo estuvo preparado para rallyes. Y tengo que decir que la experiencia ha sido muy interesante.

Coche clásico: Fiat 124 Spider 1979

Antes de entrar a fondo en el tema, creo que es relevante comentar que una de las razones por las que conducir un coche clásico es algo increíble es porque sientes que entre tus manos se encuentra un pedacito de Historia. Son pocos los coches que aguantan 30 o 40 años en condiciones, por lo que pisar el acelerador de uno de estos es un privilegio.

Una de las primeras cosas que te encuentras a la hora de pilotar un coche antiguo es que se tarda bastante en arrancarlo. Hay que seguir una serie de pasos, como si de un ritual se tratara. En primer lugar, cuando el coche está frío, hay que cebar el carburador. Los de mi generación es posible que no estéis familiarizados con esto, así que lo explicaré brevemente. Cebar el motor consiste en pisar varias veces el acelerador para introducir un poco de gasolina en el carburador y facilitar el arranque. Así de simple.

Si es la primera vez que arrancas el coche en un tiempo, el siguiente paso es utilizar el starter. Este sistema tiene como objetivo variar la proporción aire/gasolina inyectando más gasolina para facilitar el arranque en frío. Un vez hecho esto, y tras girar la llave un par de veces (como mínimo), el coche arranca y empieza la fiesta.

Interior Fiat Sport

Llegamos, por tanto, al momento más interesante: conducirlo. La primera impresión a la hora de coger el volante del Fiat fue que la dirección está dura. Y cuando digo dura, es dura de verdad. Necesitas esforzarte mucho para poder girar el volante con facilidad, sobretodo si estas maniobrando a bajas velocidades (a la hora de aparcar etc). Parece una tontería, pero cuando llevas un rato haciendo fuerza para dirigir el coche, empiezas a notar cansancio en los brazos. La dirección asistida nos tiene muy mal acostumbrados.

Otro aspecto  para el que también necesitas los bíceps de Arnold Schwarzenegger es cambiar de marchas. La palanca de cambios parece no querer moverse, por muy fuerte que pises el embrague, lo que hace que a veces te plantees usar las dos manos (una malísima idea, por cierto). Cambiar de marcha es casi más difícil que sacar a Excalibur de la piedra. Para que luego digan que pilotar un coche no es un deporte.

La respuesta del acelerador es mucho más inmediata que en los coches modernos. El freno, en cambio, hay que pisarlo hasta el fondo para que el coche empiece a detenerse, ya que no tiene servofreno. A esto hay que añadir que el comportamiento del vehículo difiere mucho del de los automóviles actuales. Un coche clásico no posee prácticamente ningún tipo de ayuda a la conducción, por lo que conducirlo “con alegría” requiere de cierta habilidad. Al ser tracción trasera, tiende a culear si pisamos a fondo el acelerador en un curva, algo a lo que mucha gente no está acostumbrada, debido a que los coches actuales suelen ser tracción delantera, además de tener control de tracción. La relación peso/potencia también es distinta, lo que te obliga a resetear tus costumbres a la hora de manejar el auto para adaptarte a sus características.

Abarth 124 Spider 1800

Después de leer todo esto, muchos pensareis: ¿Y qué tiene de bueno conducir un coche clásico? Pues lo bueno que tiene es que saca lo mejor que ti como piloto. Un coche así es pura deportividad. Todo está hecho por alguna razón, ya que antes no se perdía el tiempo en ornamentos inútiles. El volante te transfiere directamente la dificultad que supone girar las ruedas, las suspensión no esconde los diferentes relieves, la caja de cambios proyecta en tu mano el acople de los distintos engranajes, los ruidos se oyen tal cual salen del escape y el motor… Y muchas cosas más.

Es este nivel de “precariedad” (me resulta hasta duro utilizar esta palabra) el que te hace sentir como si estuvieras en un coche de carreras, sin salir de un coche de calle. Y creedme si os digo que, desde mi humilde punto de vista, conducir se parece mucho más a esto que a hacer cuatro giros con la última versión sport de cualquier modelo del mercado actual. Así que ya sabéis, si queréis aprender a conducir, probad un coche clásico. Es algo maravilloso.

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